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La «excelente» reunión Trump-Zelensky, el regalo a Putin

Un encuentro aparentemente amable ocultó profundas diferencias sobre el futuro de Ucrania, el territorio en disputa y el equilibrio real de poder en una negociación donde Moscú sigue ganando tiempo y espacio.

La más reciente reunión entre Donald Trump y Volodymyr Zelensky, celebrada en Mar-a-Lago, dejó una imagen pública de cortesía y gestos diplomáticos cuidadosamente medidos. A simple vista, el encuentro pareció uno de los más fluidos entre ambos mandatarios en un año caracterizado por tensiones, desencuentros y esfuerzos constantes por recomponer una relación frágil. Sin embargo, detrás de los saludos formales, los comentarios amables y la escenografía cuidadosamente construida, persistieron señales claras de una asimetría profunda en la manera en que Estados Unidos está abordando la guerra en Ucrania y su relación con Rusia.

La escena ofreció un contraste marcado respecto a episodios anteriores, en particular frente a la tensión exhibida meses antes en la Oficina Oval. En esta ocasión, Zelensky adoptó un estilo más sobrio y una presencia formal, mientras Trump describía la reunión como favorable y aparecía relajado ante los medios. No se registraron humillaciones directas ni reproches evidentes, aunque la falta de un choque abierto no supuso necesariamente un progreso real para Kyiv.

Una diplomacia cordial que no disipa las tensiones de fondo

Aunque el ambiente parecía propicio al diálogo, el mensaje del presidente estadounidense volvió a dejar entrever que su prioridad continúa siendo presionar a Ucrania para que acepte ciertas concesiones, mientras conserva una postura indulgente hacia Moscú. Esta impresión se acentuó cuando Trump mencionó uno de los asuntos más delicados del conflicto: la disputa por el control territorial.

Al sugerir que ciertas áreas podrían perderse igualmente si la guerra se prolonga, el mandatario estadounidense dio a entender que para Kyiv quizá convenga un acuerdo inmediato, incluso si resulta poco ventajoso; esa formulación evocó de forma inquietante el lenguaje empleado por altos funcionarios del Kremlin, quienes han reiterado que Ucrania debería asumir cuanto antes la realidad impuesta en el terreno.

Desde Moscú, esas palabras no pasaron desapercibidas. Voceros del gobierno ruso interpretaron los comentarios de Trump como un reconocimiento implícito de la ventaja militar rusa y como una confirmación de que Washington comprende —o al menos tolera— esa dinámica. Mientras las fuerzas rusas avanzan lentamente en el este de Ucrania, el Kremlin continúa exigiendo la cesión de territorios que ni siquiera controla completamente, reforzando una estrategia de presión sostenida.

La estructura del discurso acentúa la idea de que, pese a un lenguaje aparentemente más cordial, el fondo de la negociación continúa siendo poco ventajoso para Ucrania, y que una diplomacia más amable no ha reemplazado la defensa decidida de las líneas rojas que Kyiv considera innegociables.

La ausencia de un alto el fuego y el intrincado entramado de las concesiones territoriales

Uno de los aspectos más difíciles del proceso sigue siendo que no exista un alto el fuego previo a cualquier negociación formal, ya que para el gobierno ucraniano solo una tregua comprobable permitiría abordar de manera seria el futuro de los territorios ocupados. Zelensky ha insistido en que toda modificación o cesión territorial tendría que someterse a un referéndum, un mecanismo inviable de llevar a cabo mientras los enfrentamientos continúan.

Sin embargo, la negativa rusa a aceptar un alto el fuego antes de negociar ha creado un bloqueo estructural. Sin tregua no hay consulta popular; sin consulta, no hay legitimidad política para ceder territorio. Este círculo vicioso beneficia a Moscú, que gana tiempo para consolidar posiciones militares mientras la diplomacia se mueve lentamente.

La postura de Trump, al mostrar comprensión hacia la reticencia rusa a detener las operaciones militares, ha contribuido a profundizar este estancamiento. Al justificar la lógica de no “detenerse para luego volver a empezar”, el presidente estadounidense parece validar la estrategia rusa de avanzar mientras se negocia, una dinámica que deja a Ucrania en una posición defensiva permanente.

En este contexto, el llamado “carrusel diplomático” vuelve a girar sin resultados concretos. Reuniones, declaraciones y gestos se suceden, pero el terreno sigue cambiando bajo el peso de la artillería y los misiles.

El conflicto cotidiano y su efecto inmediato en la población de Ucrania

Mientras las negociaciones avanzan lentamente, la realidad sobre el terreno continúa siendo implacable. Zelensky lo recordó con crudeza al describir cómo la presión rusa se traduce en ataques constantes, destrucción de infraestructura y un desgaste sostenido de la vida civil. Los apagones generalizados, los daños a edificios residenciales y la precariedad energética se han convertido en parte de la rutina para millones de ucranianos.

La situación energética atraviesa un momento especialmente delicado, y la central nuclear de Zaporiyia, bajo control de fuerzas rusas desde 2022, continúa generando inquietud internacional. Aunque Trump resaltó presuntos avances hacia su reactivación, los organismos especializados han advertido de forma constante sobre los peligros asociados a la fragilidad de la red eléctrica y a los ataques contra infraestructuras esenciales.

La planta ha sufrido repetidas desconexiones de su suministro externo, un escenario que eleva considerablemente la posibilidad de un accidente nuclear en una zona ya afectada por la guerra. Las advertencias de especialistas internacionales recalcan que la seguridad nuclear no debe basarse en arreglos informales ni en gestos diplomáticos, sino en condiciones técnicas y políticas sólidas que actualmente están lejos de alcanzarse.

Para la población ucraniana, estas discusiones geopolíticas repercuten de forma directa: cada jornada sin un cese al fuego supone más viviendas sin suministro eléctrico, nuevos desplazamientos obligados y una mayor sensación de incertidumbre sobre el futuro inmediato.

Garantías de seguridad: avances limitados y muchas incógnitas

Uno de los pocos elementos que puede considerarse un avance concreto es la formalización por escrito de ciertas garantías de seguridad para Ucrania. Hasta ahora, Kyiv dependía sobre todo de promesas verbales de Estados Unidos. El nuevo marco plantea un apoyo prolongado con una duración de 15 años, aunque aún necesita la aprobación legislativa y no incluye el envío de tropas estadounidenses al territorio ucraniano.

Estas garantías se conciben como un respaldo indirecto que facilita la implicación europea en la seguridad de la posguerra y aporta apoyo político y estratégico. Para Zelensky, representan un avance imprescindible pero aún limitado. Su objetivo es ampliar tanto la profundidad como la vigencia de estos compromisos, consciente de que la estabilidad venidera dependerá de la credibilidad efectiva de tales garantías.

Desde la perspectiva estadounidense, la estrategia procura combinar el respaldo a Ucrania con una actitud estratégica prudente, intentando eludir una intervención directa que pudiera intensificar la confrontación. No obstante, esa misma indefinición refuerza la idea de que el apoyo occidental posee fronteras precisas, un aspecto que Rusia continúa desafiando.

Rusia, confianza estratégica y elogios diplomáticos

El Kremlin parece operar desde una posición de creciente confianza. Las declaraciones de Trump, los contactos telefónicos frecuentes con Vladimir Putin y la ausencia de exigencias claras hacia Moscú han reforzado la idea de que Rusia conserva margen para influir en la agenda estadounidense.

Las exigencias rusas se mantienen firmes: la retirada de las fuerzas ucranianas de regiones que Moscú considera parte de su esfera, incluso cuando no ha logrado ocuparlas completamente tras años de conflicto. A pesar de ello, la retórica diplomática desde Washington ha evitado confrontar de manera directa estas demandas, priorizando la continuidad del diálogo.

Este enfoque ha despertado preocupación entre los aliados europeos, quienes temen que una negociación precipitada o desigual pueda fijar precedentes riesgosos para la seguridad regional, y la experiencia reciente ha evidenciado que la ausencia de límites definidos suele interpretarse como una señal para continuar ejerciendo presión.

Un calendario diplomático incierto rumbo a 2026

De cara a los próximos meses, el proceso diplomático se presenta cargado de reuniones y estructuras de diálogo, pero con resultados aún inciertos. Se prevén encuentros técnicos, cumbres multilaterales y posibles reuniones de alto nivel que buscan mantener viva la negociación. Sin embargo, incluso voces expertas advierten que la proliferación de grupos de trabajo puede convertirse en una forma elegante de aplazar decisiones difíciles.

Algunos especialistas creen que todavía podría darse un giro imprevisto, aludiendo a momentos recientes en los que Trump impuso acciones más severas contra ámbitos estratégicos de Rusia, mientras que otros opinan que la dinámica actual sugiere una continuidad del conflicto disfrazada de diplomacia.

En este escenario, Ucrania se mueve entre la necesidad de mantener el apoyo occidental y el riesgo de verse empujada a aceptar concesiones que comprometan su soberanía a largo plazo. La reunión en Mar-a-Lago dejó claro que la relación entre Trump y Zelensky puede mostrarse cordial en la superficie, pero sigue atravesada por profundas diferencias estratégicas.

El futuro del conflicto no dependerá únicamente de gestos diplomáticos ni de declaraciones optimistas, sino de decisiones concretas sobre territorio, seguridad y equilibrio de poder. Por ahora, la guerra continúa, la diplomacia gira y el desenlace sigue abierto.

La información presentada en este artículo se obtuvo de CNN en español.

By Gabriela Hernandez González

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